DESTINOS DE MAR
Libertad Martínez Hidalgo
El tiempo no había logrado desvanecer el olor de la infancia que guardaba celosamente aquel cuaderno del colegio, entre las letras mal dibujadas cuando era pequeña, se escondían también los mejores recuerdos de aquella época llena de risas sin temores, sin culpas, sin adioses.
Apoyada en la ventana, probaba nuevamente las lágrimas que preceden los vuelos sin destino, sin puerto, sin señales de peligro, sin esperas, sin certezas. Convencida estaba que dejar para después su nueva apuesta con la vida, significaba también renunciar a renovar su corazón.
Mientras guardaba en sus maletas los amuletos de esperanza en que se convierten las canciones y los libros, se llevaba un poco de todo cuanto había conocido. Guardó la imagen de su ciudad custodiada por cerros, el cielo poblado de melancólicas estrellas, las calles marcadas por sus huellas, miradas y rostros que la acompañaron, amaneceres de risas y llantos, los besos repartidos, aquellos que no dio creyendo que mañana habría tiempo, las corazas que alguna vez se había puesto y su alma atrapada tantas veces entre las paredes de su cuarto.
Recorrió con nostalgia el tiempo retenido en las fotos del mundo que la había cobijado, la imborrable sonrisa de su madre, la adormecida tristeza de su padre, la inacabable magia que envolvía las cuerdas de guitarra de sus cómplices y hermanos. Se detuvo recordando el brillo de la niña que había sido y a la que no quería renunciar.
El espejo en que su imagen se reflejaba, le indicaba que el momento de asumir todos los riesgos había llegado, le decía también que el horizonte la esperaba, que la búsqueda ya había empezado, que el ayer ya no le servía para andar, que a partir de ese momento ya no era caminante, sino camino.
Antes de cerrar la puerta del pasado y ponerle un candado a lo que dejaba atrás, se entregó transparente en cada abrazo de despedida, en cada lágrima compañera, en cada última sonrisa. Me miró y me dijo que custodie los recovecos donde había escondido la vida que se quedaba, me entregó melodías con las que relleno su sombra cuando más falta me hacen los soles de su mirada, y uno de los libros favoritos en que se buscaba cuando las respuestas no llegaban: el del viajero que no eran ningún hombre y los era todos al mismo tiempo y el de la mujer que logró arrastrarlo a un destino de apogeo, inquietud y calma, como el destino del mar
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